Pata de Ganso

miércoles, octubre 04, 2006

La Capital de la Hipocresía

En estos tiempos de convulsiones políticas, problemas sociales, conflictos religiosos y demás espectáculos circenses, me sorprende sobremanera la hipocresía que reina por todos lados. Sin ir más lejos, en mi barrio sufrimos últimamente una publicidad, fomentada por todos los medios, de zona conflictiva. El objeto de las iras son los camellos, recién desplazados de la vecina plaza de los cine Luna, qué cómo flautistas de Amelín atraen a los pobres roedores que se esconden en los agujeros de la ciudad. Lo triste del asunto es que ésto no es más que una excusa para intentar eliminar a los vagabundos y pobres que acuden a un comedor de caridad cercano, por supuesto no financiado con dinero público, que regentan unas amables monjitas.
Los indignados vecinos armados con pancartas, silbatos y todo tipo de menaje de cocina, recorren el vecindario al son de las cacerolas y gritos de protesta contra los vendedores de droga, que no son si no un puñado de subsaharianos abandonados a su suerte en la capital. Personalmente a mi me producen bastante más molestia éstos vecinos que los que trapichean a oscuras y en silencio, y que yo sepa los únicos conflictos reales fueron entre compradores y vendedores, aunque entiendo que el miedo de la comunidad es libre. Lo cierto es que los sensibles y alterados vecinos pasan junto a personas tiradas entre cartones o en mitad de la acera sin el menor estupor. Nada importa si viven o mueren, pero eso si, que no molesten por favor. Un día voy a tirarme yo fingiendo un desmayo, a ver cuánto tiempo paso desapercibido.
Mientras tanto nuestra honorable vecina Esperanza Aguirre llega y marcha en coche oficial protegida por su escolta, que no respetan nada ni a nadie. Eso si, luego presumirá de progre por vivir en Malasaña, en su humilde palacete. Otros compañeros del ayuntamiento atacan a los jóvenes que "como criminales" beben en las calles por no pagar los módicos precios de veneno en los vecinos bares. Claro, siempre nos queda el consuelo de que las calles frecuentadas por las hordas del botellón se queden sucias y bien sucias, porque es mejor dar carnaza a los exaltados vecinos que gastar dinero en limpiarlas. Vivimos sin duda en la capital de la Hipocresía


 
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